Lunes de espagueti


Despierta, es hora de comer. Camina hacia la calle principal y gira a la derecha, hasta llegar al restaurante italiano. Han preparado tu comida favorita: el espagueti a la boloñesa, con trozos de carne y queso. Es lo mejor de la semana, un platillo que solo se sirve los días lunes, y por eso, los lunes son tus favoritos.

Llegas al restaurante. Javier ya ha puesto el plato para que puedas comer sin interrupción. Desde que Javier trabaja ahí, no ha faltado un solo lunes de espagueti. Lo disfrutas, lo saboreas poco a poco; el sabor invade tu boca. Es lo más delicioso que has comido en tu vida. Agradeces a Javier y al dueño del restaurante por eso. Es el único día en que puedes ser feliz.

Los demás días tienes que lidiar con los gatos del vecindario. Es un vecindario extraño, en el que todas las personas tienen gatos como mascotas. Tú eres el único perro, por eso no tienes con quién compartir tus momentos felices.

Desde que Dominico decidió quitarse la vida si alguna razón aparente, solo vagas por el vecindario buscando comida. Ahora solo tienes a Javier los días lunes.

Ser un perro en un barrio de gatos es extraño y triste. Sabes que, si quisieras, podrías comértelos, pero no eres así. No te gustan los gatos, solo el espagueti. Ellos se han esforzado por excluirte, por hacerte menos, el perro extraño del vecindario que ni siquiera tiene dueño, un callejero, a punto de morir, si no fuera por las personas caritativas que lo alimentan.

Los días que no son lunes, recuerdas tu vida antes de que Dominico muriera.

Lunes: llegaban al restaurante por una orden de espagueti solo para ti.

Martes: iban al parque a pasear, dabas algunas vueltas, reconocías el terreno, orinabas algunos árboles y defecabas por ahí.

Miércoles: visitaban a la abuela. Aunque nunca te quiso, delante de Dominico era buena contigo, pero en cuanto él murió, te echó a la calle.

Jueves: visitaban a la joven Alma, una mujer de la que Dominico estaba enamorado, pero nunca le confesó su amor.

Los siguientes días los pasaban en casa, jugando y comiendo. Sin duda, tenían una vida feliz y perfecta.

Nunca entendiste por qué Dominico se quitó la vida, si había jurado cuidarte siempre, estar contigo. Pero no fue así. Te abandonó en un mundo vacío y ruin, del cual no te sientes parte, del cual no puedes huir, porque ya eres viejo y te pesa andar. Escuchas cómo tus huesos crujen. El dolor, a veces, es intenso. Pero los días lunes, desaparece.

Los gatos se reúnen los días viernes en el mercado central. Hablan sobre sus dueños, sobre sus baños y comidas, sobre qué tan felices son con sus dueños, y qué tan fácil es controlarlos: con tan solo un ronroneo están a sus pies.

Piensas que eso no es amor, es conveniencia. Y así, atesoras más tu vida al lado de Dominico, pues ese sí era un amor puro y real. Cada día él te demostraba su amor, acariciaba tu panzita, tu lomito, te hacía sentir bien.

Pero siempre surgirá esa pregunta: ¿por qué?
Recuerdas que hace tres meses su semblante comenzó a cambiar. Ya no era el chico feliz que vagaba por ahí. Comenzó a ser más retraído, solo hablaba contigo: sobre su vida, sobre aquel amor no correspondido, sobre su enfermedad.
Cáncer, o algo así.

Por eso su olor comenzó a cambiar; se hizo más fuerte, más agresivo. Sufría en silencio para no hacerte sufrir. Cada día que vivía comenzó a ser un calvario. El dolor intenso recorría su cuerpo desde la punta de los pies hasta el último cabello de su cabeza. El cáncer había invadido todo su ser, se había alojado en cada rincón, sin dejar alguna célula buena. No soportó más. Decidió morir.

Lo dudó, no quería dejarte solo. Sabía que te sentirías fuera de lugar en este barrio de gatos. Pero el dolor pudo más. Solo pudo hablar con Javier y pedirle que, cada lunes durante la tarde, te diera un plato de espagueti.

El último pensamiento que tuvo al morir fuiste tú. Toda tu vida, desde cachorro hasta adulto, lo feliz que lo hiciste, hasta sus últimos días.

Hoy, después de tanto tiempo, de tanto vagar por este vecindario de gatos, al fin es tiempo de descansar. De volver a verlo. Tu cuerpo ya es viejo y enfermizo; cualquier resfriado es fatal. Lo sabes. Sabes que la vida se te escapa. Eres feliz porque piensas que podrás volver a verlo, pero a la vez te entristece dejar atrás el dulce sabor del espagueti.

Cierra tus ojos. Relaja tu cuerpo. Piensa en un recuerdo feliz, el más feliz.
Pronto el sufrimiento acabará. Lo puedes ver. Está frente a ti con los brazos extendidos. Ha venido por ti, arrepentido de haberte abandonado.
Pero esta vez no volverá a dejarte.
Esta vez se quedará contigo para la eternidad.

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