EL ECO


Despierta tembloroso, un escalofrío recorre su cuerpo. El frío se hace cada vez más presente. ¿Dónde estoy?, se pregunta. Es un lugar extraño, lleno de edificios negros en abandono, con un aura melancólica; el silencio invade todo el territorio. Un eco, a lo lejos, pronuncia su nombre: “Lareun”. No recuerda cómo llegó ahí ni qué es lo último que hizo; vagos recuerdos de su vida llegan a su mente, no de una buena vida, sino de una llena de altibajos.

Sintió que el corazón se le comprimía al recordar su vida. Sus padres y hermanos murieron en un accidente de auto cuando tan solo tenía cinco años. Se casó a los quince, tuvo tres hijos; a los veinte su mujer murió de una enfermedad hereditaria que después heredaron sus tres hijos, provocando su muerte prematura. Su último recuerdo es adentrándose al mar, sintiendo la fría brisa sobre su rostro.

Camina por un camino sinuoso que se le abre justo al frente. Camina lento; sus piernas aún tiemblan, su corazón late con fuerza, como si de una locomotora se tratara. El eco se hace más fuerte, casi como un estruendo: “Lareun”. Sigue, a pesar del cansancio; los recuerdos lo habían devastado y hacían que su cuerpo se sintiera pesado, volviendo aún más difícil el andar.

El frío se hace cada vez más presente…

A la lejanía se observa una pequeña figura. Tal vez es quien está llamando, piensa. Continúa el camino: lento, doloroso, pero constante. Las tinieblas comienzan a invadir el lugar; su cuerpo se detiene, tiembla y se acelera. Odia la oscuridad, pues le recuerda la soledad que siempre ha sido su fiel compañera.

El camino se envuelve en la espesura de las tinieblas; el eco, cada vez más cercano, resuena en sus tímpanos y le hace sentir como si un rayo impactara su cuerpo. Por alguna razón quiere encontrar la fuente de ese sonido; le parece tan familiar y, a la vez, tan extraño; el eco de una vida lejana que aún no recuerda.

Cada vez es más difícil andar por el camino marcado; las tinieblas y los obstáculos lo impiden. Pero el eco se acerca sin necesidad de que él avance y susurra su nombre de una forma tan familiar que le eriza la piel. ¿Quién es?, piensa.

—Te he encontrado. Después de tanto vagar por este sendero, por años al fin te he encontrado. Después de tanto gritar tu nombre, esperando que me escucharas en tus sueños profundos, ya estás aquí; eso solo puede significar que has decidido venir por tu cuenta.

—¿Quién eres? ¿Por qué me conoces? Yo no recuerdo haberte visto alguna vez en mi vida. ¿Estoy muerto?

—Soy una representación física de tus sentimientos reprimidos; por eso te conozco tan bien, todo lo que eres y lo que fuiste. Lamentablemente ya no hay un futuro para ti; has decidido poner fin a tu vida. Tal vez la soledad ya era insoportable, por eso te perdiste en las olas del mar. Así es como has llegado aquí, tu cuerpo ya no existe, solo eres una representación de lo que fuiste, pero incompleto. Yo soy tu complemento; soy todo lo que dejaste atrás desde que el sufrimiento llegó a tu vida, desde que la muerte tocó la puerta de tu familia. Soy eso, y tu cuerpo tan solo era un cascarón vacío, sin sentimientos.

—No entiendo, amaba vivir —comenzó a llorar con sentimiento—. No quería morir; nunca fue esa mi intención.

—Ya estamos juntos. Solo toma mi mano y volveremos a ser uno; así podrás descansar, en el más allá.

—Pero, en serio, no quiero morir; quiero seguir viviendo… lo necesito.

—Si así lo fuera, no habrías caminado hacia el mar hasta que tu cuerpo desapareció. Solo toca mi mano para que podamos irnos.

—No quiero; quiero regresar.

Corrió de regreso a una velocidad casi inverosímil, esquivando obstáculos. La oscuridad ya no era un problema. Llegó al lugar donde despertó; se hincó e imploró a todos los dioses que le devolvieran la vida, que quería seguir viviendo, que todo había sido un malentendido, que estaba molesto con el mundo por todo lo que le había arrebatado.

El eco llegó hasta él, tomó su mano y se hicieron uno. Sus sentimientos habían regresado y con ellos su deseo de vivir: todo lo que había reprimido por las muertes que ocurrieron en su vida había vuelto. En un instante todo se iluminó; las tinieblas fueron extinguidas. La ciudad ahora era reconocible: era la ciudad donde nació, aquella que abandonó cuando sus padres murieron.

Comprendió que al vivir como un cascarón vacío su vida se había vuelto monótona y triste; deseaba ponerle fin, hasta que lo hizo. Pero, muy en el fondo, quería seguir viviendo, descubrir los retos que le tendría el universo; tal vez en algunos años podría volver a sonreír, a sentir ese hormigueo en el cuerpo, la euforia de vivir. Comenzó a llorar por lo que había perdido; era hora de desaparecer: ya no había un cuerpo físico al cual regresar. Cerró los ojos y durmió.

Despertó en su habitación, iluminada, asustado. Tocó su cuerpo: era físico; no había tinieblas ni ese eco lleno de dolor, solo él, con la energía al límite, deseando vivir como si no hubiera un mañana, perdonando al universo por lo que le había robado, pensando en que pronto podría encontrar de nuevo por qué volver a sonreír.

Y así fue… en unos días encontró un pequeño perro en la calle. Lo alimentó y lo siguió hasta su casa; lo adoptó y le dio el nombre de Eco. Estar cerca de él le produjo una sensación de ligereza, de pronto todo el peso que venía cargando se había esfumado. Volvía a sonreír, no porque viviera, sino porque tenía un ser querido por el cual vivir, y al cual dedicaría su vida entera.

Sandro.


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