EL BOSQUE
Para comprender el hilo de esta historia, es necesario conocer los infortunios que hicieron que nuestros tres protagonistas se encontraran en el bosque. Veremos cómo el hilo del destino unió sus vidas, quebradas por desgracias vividas. A pesar de que este es un cuento de hadas, no es uno feliz ni apto para niños; es una historia triste, deprimente, que tal vez al final deje un mal sabor de boca, o quizás tenga un final feliz. Eso no lo sé, tú eres el que decide.
Anabel López
Anabel era una buena mujer. Tenía un buen trabajo como gerente en una cafetería y su familia la amaba. De tez morena y ojos café claro, con cabello negro ondulado y una figura envidiable, era el blanco de las críticas de sus compañeras de trabajo; la envidia las invadía. Era muy alegre y cantaba por doquier canciones extrañas que tal vez solo ella conocía, pero lo hacía con un fervor tan grande que la invadía la felicidad. Se dedicaba al cien por ciento a su trabajo: casa-trabajo, trabajo-casa; nunca rompía su rutina. Vivía con sus padres y sus dos hermanos pequeños. Estaban solos en la ciudad; algunos años atrás habían llegado de visita, pero quedaron enamorados de esa mágica urbe y terminaron mudándose.
Una tarde de abril, ella y su familia salieron de la ciudad rumbo a la playa. Ella conducía, le encantaba hacerlo, disfrutar del paisaje. Aunque era desértico, le fascinaba ver las hermosas montañas que lo adornaban y los enormes cactus que se levantaban en el horizonte, los cuales le daban una sensación de seguridad. Su padre iba de copiloto, y su madre y hermanos yacían dormidos en el asiento de atrás. Anabel había recorrido el camino infinidad de veces; decía que lo podría recorrer con los ojos cerrados.
Como he dicho antes, era un desierto inmenso, pero un desgraciado infortunio ocurrió. Un borrego, de esos que llaman cimarrón, saltó a la carretera a tan solo unos metros del auto. Anabel intentó frenar y esquivar, pero la fuerza hizo que el carro saliera de la carretera y diera cinco vueltas antes de quedar totalmente volcado. Despertó una hora después, pero para ella había sido una eternidad. Los paramédicos la ayudaron a salir. Un dolor inmenso invadía su cuerpo; sus piernas crujían con cada paso. De su cabeza brotaba sangre y sentía un mareo intenso. No tuvo tiempo de pensar en su familia sino hasta el día siguiente.
Su madre estaba en terapia intensiva. Su padre murió unas horas después de rescatarlo, y sus hermanos murieron al instante; no llevaban cinturón de seguridad. El doctor trató de decirlo con delicadeza, de una manera sutil y clara, pero no hay forma de decir que tu familia, la única que tienes, ha muerto, ha desaparecido del mundo. Y tal vez fue por ti, por no haber tenido precaución al manejar, por no asegurarte de que tus hermanos llevaran el cinturón de seguridad.
A partir de ese día, Anabel cambió. Ya no cantaba sus extrañas melodías en el trabajo ni en ningún lugar. Dejó de comer; algunas veces solo tomaba sus alimentos por la mañana, otras por la noche, o simplemente no comía. Lloraba la mitad del día y la otra mitad dormía. Descuidó su apariencia; acudía al trabajo con el cabello enmarañado, utilizaba la misma ropa sin lavar y se bañaba esporádicamente, solo cuando sentía que el olor era ya muy fuerte. Fue despedida de su trabajo y no buscó otro. Encerrada en su casa, llorando y lamentando la muerte de su familia, su vida comenzaba a teñirse de tinieblas.
Pronto ya no era ella. Su cuerpo se había desfigurado; parecía el de un esqueleto. Su cabello se fue cayendo poco a poco, quedando solo unos mechones. Sus ojos se habían hundido y debajo se dibujaban grandes ojeras. Sus dientes se habían tornado amarillos. Y el dolor, ese dolor que sintió aquel día en todo su cuerpo, nunca desapareció.
Una noche, un sueño extraño la visitó. Se encontraba en un bosque, a las afueras de la ciudad. En él, observó criaturas mágicas y extraordinarias, de esas que solo podemos encontrar en la mitología y en cuentos de hadas: unicornios, centauros, duendes, elfos, etc. En el centro observó a un ser extraño. Todos los seres del bosque lo observaban y lo veneraban como si fuese alguna clase de dios. Podría haber sido una figura hermosa para ellos, pero para ella era horripilante: con ojos de fuego y piel negruzca quebradiza, sin cabello, orejas puntiagudas y un par de alas que se asemejaban a las de un murciélago. El ser la alcanzó con sus manos. Eran el doble de las suyas y grandes garras las adornaban. La comenzó a estrangular lentamente; cada segundo la apretaba más. Sentía que el aire se le escapaba. Trató de luchar, pero fue inútil; sus fuerzas se habían ido. Poco a poco, fue muriendo.
Despertó.
Su respiración se agitó al hacerlo. Sentía como si el sueño hubiese sido real. Se tocó el cuello por instinto. Sobre él, encontró un sobre con una carta.
“Te invito a mi casa en el bosque. Si logras encontrarla, te concederé un deseo.”
No tenía nada que perder y mucho que ganar. No creía en cuentos de hadas ni mucho menos, pero sabía que si seguía con su ritmo de vida, en tan solo unos meses moriría. Deseaba reencontrarse con su familia, y si tan solo tuviera una mínima oportunidad, la aprovecharía. Había escuchado historias del bosque; nadie ha entrado ahí en años. Proyecta una atmósfera tan aterradora que nadie se atreve a atravesarlo. Tomó su mochila, colocó algunas cosas que creía útiles para su viaje y emprendió su camino.
José Manuel de la Rosa
Fue un niño feliz. Durante toda su infancia, sus padres lo consintieron; comía los pasteles dulces y chocolates que deseaba. Le compraban cualquier juguete o videojuego que le gustara. En gran parte, sus padres fueron los culpables de que llevara una vida tan sedentaria. Poco a poco, fue ganando peso, pero eso no le interesaba. En su adolescencia fue víctima de burlas de sus compañeros hasta que decidió no volver a la escuela y estudiar desde casa. Sus padres contrataron una maestra. Era muy bella, de ojos verdes, piel tan blanca como las nubes. Su cuerpo no era perfecto, pero él siempre se fijó en su generoso busto. Se podría decir que ella fue su primer amor. En ese instante, fue cuando comenzó a preocuparse por su físico, cuando ya era una masa amorfa con pequeñas protuberancias que alguna vez fueron sus extremidades. Se movía con dificultad, comenzó a usar silla de ruedas y sus padres construyeron un elevador para que pudiese subir al segundo piso. La maestra nunca lo molestó por su peso, pero lo alentaba a hacer ejercicio y a comer sano. Él lo intentó, pero le fue imposible; su fuerza de voluntad era demasiado débil. Comenzaba, y en tan solo unos días volvía a comer como desquiciado. "Es que amo la comida y no puedo dejarla", las típicas palabras de un adicto. ¿Cuántas clases de adictos hay? A las drogas, a los juegos de azar, al sexo, etc. ¿Por qué no a la comida?
Cuando terminó el curso y la maestra se despidió, derramó una pequeña lágrima. Su amor platónico se había desvanecido con el aire, como si de un puñado de arena se tratase. Él continuaría su vida en esa estúpida silla de ruedas, vagando por los rincones de su casa, soportando los elogios de sus padres que no hacían nada más que deprimirle.
Cabe destacar que durante toda su niñez y adolescencia jamás tuvo amigo alguno. Su único contacto fuera de su familia fue la maestra que le daba clases privadas. Sus compañeros siempre fueron la comida y sus videojuegos. Algunas veces jugaba algún juego de citas japonés, donde ligaba con mujeres de todos los estereotipos: pequeñas, serias, machorras, etc. Pensaba que esas serían las únicas chicas con las que podría lograr tener una relación.
Una tarde, decidido por fin a bajar de peso, pidió a sus padres que lo llevaran con un nutriólogo. Ellos no entendían el motivo por el cual quería hacerlo y se negaron, pero él les insistió. El nutriólogo sabía que no podría dejar de comer de golpe, por lo cual le tendría que dar una dieta con la que su comida fuera disminuyendo poco a poco en un lapso de seis meses. También le sugirió realizar algunos ejercicios para que sus músculos no se atrofiaran. Siguió al pie de la letra la dieta y los ejercicios durante los seis meses estipulados, pero no observó cambio alguno. Cuando visitó de nuevo al nutriólogo, este le dijo que había aumentado diez kilogramos. "¿Ha seguido la dieta como le indiqué?", preguntó. A lo que José respondió: "Así es. Durante estos seis meses, he sufrido demasiado. Es como si fuese un adicto y padeciera el síndrome de la abstinencia. Mi cuerpo tiembla, y suda frío, mi mente se pierde en la locura, deseo comer, lo necesito, y he podido soportarlo todo, ¿y ahora usted me dice que he aumentado de peso? Entonces, ¿para qué demonios le pagué?". Salió del consultorio, llegó a casa y ordenó a su madre que le hiciera un banquete tan grande que se podría alimentar una ciudad entera con él.
Si no podía dejar la comida, tal vez sí podría hacer ejercicio. Pidió a sus padres que le pagaran un instructor personal de fitness. Siguió sus instrucciones durante un año, pero no hizo más que aumentar de peso de nuevo. Su metabolismo no funcionaba correctamente, o lo había estropeado durante todos esos años en los que no realizó actividad física alguna y comía todo lo que estaba a su alrededor.
Pasaron los años y José Manuel de la Rosa siguió aumentando de peso. Sus padres murieron y le heredaron la casa y sus ahorros, que no eran más de un millón, lo suficiente para que una persona promedio pudiese vivir cinco años. Pero él no era una persona promedio. En tan solo un mes, gastó todo el dinero en comida. Ya pesaba por lo menos media tonelada. Apenas y podía mantenerse en pie; sus pasos eran lentos y dolorosos. Sus brazos se habían vuelto pequeños, cada vez le costaba más respirar. Cada vez que lo hacía, un dolor le recorría los pulmones. Su corazón ya latía con dificultad; estaba siendo estrangulado poco a poco por esa grasa que obstruye a la que llaman colesterol.
Su muerte estaba cerca, lo sentía.
Una tarde, decidió salir de casa, se había perdido en sus recuerdos. La última vez que lo hizo, su vecina, una mujer anciana de ojos negros y piel morena, hablaba sobre el bosque que se encuentra a las afueras de la ciudad:
"Mi abuelo me contaba historias fantásticas sobre el bosque. En él, habitan criaturas mitológicas, y su guardiana es un hada que puede cumplir cualquier deseo, pero no es fácil entrar al bosque. Tienes que ser invitado mediante un sueño por dicha hada".
Esas palabras se grabaron muy profundo en su memoria. ¿Y si se adentraba en el bosque y deseaba ser esbelto? Su vida sería más feliz; podría encontrar a una buena chica, casarse y tener hijos. Podría ser jugador de fútbol o de béisbol, pero tan solo eran cuentos de hadas, contados por una anciana. Esa noche durmió muy intranquilo.
Soñó con el bosque del que hablaba la anciana. Se encontraba en el centro, las criaturas mitológicas lo rodeaban. Por encima de él, se encontraba una figura muy hermosa. No lo podía creer, era su maestra, aquella que alguna vez fue su amor platónico, pero su cuerpo era diferente, escamoso y con tonos verdosos, tenía alas de insecto. De pronto, comenzó a insultarlo. Eso le trajo los recuerdos de cuando sus compañeros lo agredían. Trató de tapar sus oídos, pero fue inútil; aún escuchaba los insultos y con más claridad. Cuando no soportó más, se abalanzó contra ella y la estranguló rápidamente hasta que su cuerpo quedó inerte en el suelo.
Despertó.
Lo hizo alterado. Su corazón comenzó a latir rápido, su respiración se aceleró. Trató de dar un grito, pero no pudo. A su lado, encontró un sobre que decía lo siguiente: "Te invito a mi casa en el bosque. Si logras encontrarla, te concederé un deseo". Era de lo que la anciana hablaba; el sueño había sido la invitación al bosque. Empacó demasiada comida en su mochila, subió a su silla de ruedas y emprendió el viaje hacia el bosque, esperando encontrar una nueva vida.
Javier Guzmán
Nació en la cuna de una familia humilde. No conoció a su padre; fue el clásico que "iré a la tienda por cigarrillos" y nunca regresó. Su madre era muy guapa, de ascendencia indígena, pero sus ojos color gris la dotaban de una cuasi-divinidad. No pasó mucho tiempo para que encontrara un nuevo amor. Él era un hombre machista que no permitía que trabajara, que solo se concentrara en las labores del hogar y en atenderlo a él. A Javier siempre lo vio como una molestia. No pasaba un día en que no le diera su buena paliza, ya fuera por alguna travesura que había hecho u otra estúpida razón inventada por él. Pero su madre nunca hacía nada; siempre sumisa, observando desde un rincón temblorosa, con sus ojos cristalizados. "Él es el hombre, el que provee alimento a la casa. No puedo hacer nada," pensaba, "tan solo soy una inútil mujer. ¿Cómo podría sobrevivir con mi pequeño hijo sin su ayuda?".
Algunos días, el hombre tomaba cerveza o cualquier otro vino barato que consiguiera por la ciudad; esos días eran los peores. Lo golpeaba a él y a su madre por igual. Javier se sentía impotente al no poder hacer nada, tan solo era un niño. Pensó en denunciarlo, pero sabía que su madre lo defendería y las cosas continuarían igual, y el hombre le daría una paliza. Había días en que su madre no podía levantarse de su cama a causa de los golpes del día anterior. Cuando iba al hospital a atenderse, decía que se había caído, o que se había golpeado por andar distraída. El hombre le era infiel a su madre y él lo sabía. Algunas veces lo había visto despedirse de las rameras justo en la puerta de la casa. Llegaba oliendo a sexo, sudor y alcohol. Tomaba a su madre, la llevaba al cuarto y la violaba salvajemente. Él tan solo escuchaba sus gritos, apretaba sus puños y golpeaba la pared tan fuerte como se lo permitían. Estaba harto de vivir así, deseaba que su madre y él tuvieran una mejor vida.
Un jueves por la tarde, el hombre llegó a casa. Apenas y podía caminar. Tomó a su madre del cuello y la llevó a su cuarto. La desvistió con un movimiento salvaje, arrancando su ropa. Javier los siguió. El hombre la postró a cuatro patas y observó cómo introducía su miembro en ella, cómo bombeaba salvajemente mientras apretaba su cuello. Su madre gritaba de dolor, trataba de oponerse, pero poco a poco, con cada embestida, su cuerpo fue perdiendo fuerzas hasta que quedó completamente inerte. Pero él seguía bombeando, hasta saciar su instinto animal. Cuando terminó, los ojos de la madre de Javier se encontraban en blanco, su cuerpo yacía inerte en la cama, y el hombre se disponía a cerrarse los pantalones, cuando el pequeño Javier entró. El hombre lo recibió con un golpe en el rostro, cayendo inconsciente.
Cuando despertó, el cuerpo de su madre ya no se encontraba en la casa. Lo buscó por todas partes y no encontró nada. El hombre había salido a emborracharse y a tener sexo con alguna prostituta. Se levantó con dolor en su cabeza, caminó hacia la puerta y dejó su hogar atrás. Al poco tiempo, escucha una voz dulce y serena. Le recuerda a la de su madre. Lo invita a ir a su hogar. Sigue con fervor aquella voz. De pronto, el dolor que le invadía la cabeza desapareció. Entra a un bosque. Observa toda clase de criaturas mágicas y mitológicas. Observa a su madre acariciando una de ellas: "Hijo, has regresado a casa, te he extrañado...".
Despertó.
Se encontraba junto al cadáver de su madre. Su casa estaba ardiendo; el hombre le había prendido fuego. Algunos vecinos tratan de sofocar el fuego. Intenta rescatar el cuerpo de su madre, pero le es imposible. Su pequeño cuerpo no soporta. Sale con dificultad de la casa y cae al suelo. Empieza a sollozar y después rompe en llanto fuertemente. Añora a su madre, quiere que regrese. Era lo que más amaba en la vida, y se la han arrebatado. Observa el cielo. Entre el humo y las cenizas cae un sobre lentamente. Contiene una carta:
“Te invito a mi casa en el bosque. Si logras encontrarla, te concederé un deseo.”
Su madre está en el bosque, él lo soñó. Le hablaba con su tierna voz. Tiene que ir con ella. Se levanta y corre hacia el bosque, dejando todo atrás, dejando que sus amargos recuerdos se quemasen con el fuego que destruye su viejo hogar.
El Bosque
Ya conocemos a nuestros protagonistas. Es hora de saber qué fue lo que sucedió en el bosque. ¿Lograron encontrar lo que buscaban?
El bosque se extendía cien hectáreas al norte y al sur. Parecía inmenso, pero en realidad no lo era tanto. Las personas lo podían observar, pero cuando intentaban llegar a él, desaparecía. Por esta razón, nunca se había visto entrar ni salir a nadie ni nada en los últimos cien años. Había viejas historias en donde algunos habitantes de la ciudad eran invitados por la deidad que moraba en el bosque, pero tan solo eran cuentos de hadas.
Curiosamente, Anabel, Javier y José Manuel, llegaron al mismo tiempo a la entrada del bosque.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? —preguntó Anabel con asombro.
—He venido a visitar a la persona o criatura que mora en él —dijo José con un aire de cinismo.
—Mi madre se encuentra en el bosque, he venido a encontrarme con ella —Los ojos de Javier comenzaron a cristalizarse.
—¿Han recibido la carta? —preguntó Anabel con nerviosismo.
—Sí —contestaron al unísono.
Cuando José se disponía a hablar, una extraña voz se escuchó. Provenía de lo profundo del bosque.
—Han sido invitados a visitar al Hada del bosque, pero solo uno podrá llegar a ella. Serán puestos a prueba. Cada uno tomará un camino diferente, y el primero que llegue será el merecedor de su deseo. Tengan cuidado, pues el camino es peligroso. Pueden encontrar la muerte. Los que no logren encontrarla, regresarán a su vida normal y se olvidarán de lo que hicieron aquí. Si están listos, pueden pasar.
Los tres entraron temerosos. Tenían un deseo que cumplir. Ninguno era mejor que el otro, y todos tenían sus motivaciones, pero ¿valdría la pena morir por ello? Javier era un niño, pero su vida lo había orillado a madurar rápidamente. Estaba dispuesto a encontrar a su madre a como diera lugar; sabía lo que significaba morir y no temía hacerlo. Anabel no tenía nada que perder; su vida era tan miserable, ¿qué más daba morir en el intento de ver de nuevo a su familia? José: ¿qué aspiraciones puede tener en la vida si es un hombre gordo, casi como una masa amorfa, con pequeñas protuberancias donde antes estuvieron sus extremidades? Morir intentando cumplir su sueño, o morir siendo miserable.
Observaron con detenimiento la majestuosidad del bosque: hermosos árboles, verde esmeralda, de todo tipo —robles, pinos, eucaliptos—, rosas de todos colores por doquier, animales como unicornios vagando por ahí libres, centauros cazando. Un roble comenzó a hablar.
—Bienvenidos sean al bosque. Desde este momento, ya no se encuentran en ningún lugar conocido en la Tierra, existimos en un plano diferente. A partir de aquí tomarán senderos distintos. José, irás a la derecha, el duende que se encuentra ahí te guiará. Javier, irás por el centro, el fénix te guiará. Y Anabel, irás por la izquierda, el unicornio que se encuentra ahí te guiará. Que sus pasos sean guiados por el hada.
Siguieron el camino indicado.
Anabel López (El Sendero)
El unicornio guió a Anabel hacia un sendero tenebroso. Los árboles que alguna vez fueron verdes ahora eran negros y quebradizos. Pétalos de flores secos adornaban el suelo. A lo lejos, se escuchaban lamentos de hombres y mujeres, rogando por su vida. Cuando volteó a agradecer al unicornio, este había desaparecido. Avanzó unos cuantos pasos. Los lamentos se escuchaban cada vez más fuertes. Un fuerte viento comenzó a soplar. Un árbol que se encontraba frente a ella cayó, golpeándola fuertemente en la cabeza. Cayó inconsciente.
Anabel despertó, y por alguna extraña razón, el recuerdo del fatídico accidente en el que su familia perdió la vida regresó a ella, como si lo estuviese viviendo en ese momento: el borrego saltando a la carretera, ella esquivando, el auto dando infinidad de vueltas y sus pequeños hermanos sacudiéndose como muñecos de trapo por todo el auto. Escuchó el sonido de sus huesos quebrándose. Fue bañada en su sangre, escuchó los gritos de su madre al ver a sus hijos morir, y vio a su padre inconsciente. Regresó a la realidad. Comenzó a sollozar, los extrañaba.
Los lamentos se habían calmado. Algunos ojos la observaban en la oscuridad. Eran depredadores, esperando que su presa se descuidara. Anabel sintió un fuerte dolor en sus huesos; los síntomas de la muerte habían llegado más pronto de lo que había predicho. Pero aún no podía morir. Si lograba encontrar al hada, podría volver a ver a su familia. Los lamentos comenzaron de nuevo, como si quisieran que los siguiera, y así fue. Anabel fue tras ellos. Mientras más se adentraba en el sendero, más tenebroso se volvía. Las tinieblas comenzaron a inundar todo el camino. Le era muy difícil observar en la oscuridad; se guiaba con el sonido, con el susurro del viento. Su estómago gruñó, tenía hambre. ¿Hace cuánto no se alimentaba? ¿Tres días, quizás? Buscó en su mochila, pero para su sorpresa, no había llevado comida. Se lamentó por ello. No pensaba que la necesitaría; había sobrevivido demasiado tiempo sin tomar alimento. Jamás creyó que en verdad su estómago se lo pediría. Su cuerpo se complicaba, se debilitaba con cada paso que daba. Los lamentos aún se escuchaban a lo lejos.
Sintió una mirada detrás de ella, tan intensa que la paralizó. Temía voltear; no sabía lo que se encontraría. Pensaba que podrían ser alguno de los hombres que entraron con ella al bosque, aquel niño y el hombre gordo en silla de ruedas. Se armó de valor y volteó. No observó nada, solo unos ojos rojos muy intensos que danzaban en el aire. Un rugido intenso se escuchó. En ese momento, comprendió que se encontraba en problemas. La adrenalina se apoderó de su cuerpo y corrió hacia los lamentos, como si no hubiese un mañana, tan rápido como si fuera un guepardo, llegando finalmente a su destino.
Las tinieblas se habían ido. Los árboles eran verdes de nuevo y las flores habían florecido. Un unicornio multicolor se divisaba a lo lejos, pero justo frente a ella, se encontraba su familia, aquella que había añorado durante muchos días, en los que lloraba y gritaba, su remordimiento la devoraba por las noches. Sus hermanos y sus padres vestían igual que ese día. A los dos lados de ellos, se encontraba ella, pero no el esqueleto en el que se había convertido, sino ella, hermosa. Una ardilla la invitaba a tomar un camino: el de su familia o el en el que se encontraba ella.
Añoraba a su familia, pero también extrañaba ser hermosa de nuevo. Era una decisión difícil. Confiaba en que podría volver a ser bella si su familia estaba con ella, por lo cual eligió a su familia. De pronto, una luz blanca la envolvió y desapareció.
José Manuel de la Rosa (El Sendero)
El duende lo guió a un sendero frondoso. En los árboles crecían frutos de todos colores y tamaños, tan deliciosos, tan jugosos. ¿Quién no desearía comer uno? La luz comenzaba a escapar poco a poco, como si estuviera atardeciendo. Avanzó en su silla de ruedas. El movimiento que podía hacer con sus brazos era casi nulo; su enorme cuerpo se lo impedía. Trató de tomar un fruto de un árbol que parecía ser un naranjo, pero fue imposible. Avanzó lentamente por el sendero. El observar los frutos y no poder comerlos le provocaba una desesperación inmensa; comenzaba a sentir el síndrome de abstinencia. Su cuerpo comenzó a sudar y a temblar. Gritaba de desesperación. Recordaba los grandes banquetes que su madre le preparaba.
A lo lejos, observó a un centauro cazar a un animal que parecía ser un ciervo. Lo destazó y lo comenzó a cocinar a fuego lento. De la boca de José comenzó a salir abundante saliva. Deseaba el ciervo del centauro. Lo observó detenidamente, esperando a que se descuidara o durmiera. Cuando se le acabó la leña, tuvo que ir por más. Ese era el momento. José comenzó a andar en su silla de ruedas a toda velocidad y comenzó a comer de aquel delicioso manjar. Aún estaba crudo, sangre escurría por la boca de José, que ahora se había transformado en un animal, guiado por su instinto de supervivencia. Cuando el centauro regresó, se enfureció y golpeó fuertemente a José en todo su cuerpo, hasta que quedó inconsciente.
José despertó adolorido y aún tenía hambre. Sentía que su corazón latía cada vez más lento y su respiración se agitaba más. Aún no tenía indicios de hacia dónde debía dirigirse; el sendero se había bifurcado en dos caminos: uno estaba adornado con árboles que daban jugosos y deliciosos frutos, y en el otro se encontraban aparatos para ejercitarse. Cuando se disponía a tomar una decisión, algo se abalanzó sobre él. Era una bestia parecida a un oso, de pelaje negro y ojos rojos, con dos cuernos en su cabeza como si de un cimarrón se tratase. Medía dos metros y pesaba media tonelada. Cayó de su silla de ruedas e intentó quitarse a la criatura de encima, pero sus pequeños brazos no eran suficientes. La criatura lo saboreaba; era una suculenta comida que podría durarle por lo menos una semana. Cuando la criatura intentó comerlo, una flecha la atravesó. El centauro al cual le había robado la comida lo había rescatado. Le agradeció, pero la criatura le hizo un ademán de desagrado.
Su silla de ruedas se había estropeado. No podía ponerse de pie; su peso era demasiado para sus piernas. Intentó arrastrarse, pero no avanzaba. Y el dolor en su corazón aumentaba, su respiración le costaba cada vez más. Observó sus posibles caminos. Estaba más cerca el sendero de los frutos que el de los aparatos para ejercitarse, así que optó por los frutos. Avanzaba poco a poco, y su estómago era lastimado por el suelo. Empezaron a brotar espinas, las cuales desgarraron su cuerpo. No le hicieron heridas profundas, pero lo suficiente para que el dolor fuera intenso y se desangrara. A punto de llegar a su destino, su cuerpo ya no puede más. Su corazón late tan lento, su respiración es casi nula. Con un último esfuerzo, logra entrar con su mano al sendero de los frutos. Una luz blanca lo cubre y desaparece.
Javier Guzmán (El Sendero)
El fénix guía a Javier a un sendero en llamas. A diferencia de los acompañantes de Anabel y José, el fénix acompaña a Javier en todo momento. El calor comienza a volverse insoportable. Los árboles arden, el piso comienza a arder, pero es extraño: las llamas no lo dañan, puede sentir su calor, pero no lo daña. Avanza por el sendero. Encuentra algunos animales en llamas. Un unicornio corre hacia él, pero el fénix lo detiene con un aleteo de sus alas. Javier tiene miedo. El sendero le recuerda a su casa, a su padrastro y a su madre muerta. Comienza a llorar e invocar el nombre de su madre. La extraña, desea que le dé su cariño, que lo abrace, le cuente un cuento y le dé un beso a la hora de dormir, esas cosas que jamás pudo disfrutar a causa de su padrastro. El fénix se postra en el hombro de Javier y lo mira con aplomo, frota su cabeza sobre la suya como consuelo. El sollozo del niño se va atenuando lentamente. Las llamas cesan, y los árboles comienzan a caer uno a uno, volviéndose cenizas, cenizas que le recuerdan aquel día, cenizas que golpean su rostro salvajemente. "Javier, Javier", escucha. "¿Madre, eres tú?", pregunta con entusiasmo, pero no recibe otra respuesta, tan solo "Javier, Javier".
"¿Sabes dónde se encuentra mi madre?", pregunta al ave fénix que aún se encontraba en su hombro. El pequeño pájaro tan solo sacude su cabeza. "Qué sabrás tú, si tan solo eres un animal".
El camino se comenzó a teñir de rojo. De los árboles que aún quedaban en pie, comenzó a brotar sangre. Javier se inmutó y quiso correr, pero tropezó con una piedra y cayó al suelo. El ave se posó justo encima de él. "Quítate, ave tonta", dijo con enojo. Su cuerpo se paralizó al ver la sangre. Le recordaba a las palizas que su padrastro le daba, le recordaba a su mamá ensangrentada día con día. Comenzó a llorar de nuevo e imploró a su madre con esmero. Era un niño que comprendía muy poco lo que había sucedido en su vida. Se hacía fuerte y maduro, pero en realidad no lo era, tan solo era un pequeño deseando el calor de su madre.
Cuando el camino terminó, observó a su madre a lo lejos. Lo observaba con los brazos abiertos. Corrió hacia ella con gran alegría, gritando "¡Mami, Mami, has regresado!". Cuando llegó a ella, la abrazó y ella correspondió, pero lentamente fue apretando los brazos hasta que el pequeño comenzó a tener problemas para respirar. En ese momento, se transfiguró en su padrastro. El pequeño observó horrorizado. Trató de gritar, pero fue inútil. Sus lágrimas cayeron al piso. Y una luz blanca lo cubrió. Desapareció.
El Hada y el Final
¿Quién llegó primero con el hada?
El Hada
Ella es hermosa, de piel blanca y ojos rojos, alas de mariposa y cabello rubio, justo como los cuentos de hadas nos enseñaron que sería. Dice que fue asignada como guardiana del bosque hace cientos de años, y se divierte concediendo deseos a los humanos que están dispuestos a morir por ellos.
Una luz blanca aparece frente a ella. Es la señal de que el ganador ha llegado, el humano que ha sido favorecido por ella, que podrá cumplir su más grande sueño. Un sentimiento de satisfacción la invade; siempre es grato cumplir los deseos de los humanos, aunque se entristece por los perdedores.
La luz desaparece y se revela la figura dentro de ella. Un hombre gordo se arrastra frente a ella. "Me sorprendes, José. Has ganado. Elegiste el camino correcto. Los frutos te guiaban a mí. Era una buena trampa. Sentirías la necesidad de ir por los aparatos para ejercitarte, porque creerías que ese sería el camino correcto, pero al parecer tu desesperación hizo que ganaras. ¿Cuál es tu deseo?". José respondió: "Deseo ser esbelto". El hada sacudió sus alas, y José levitó algunos metros. Fue envuelto en un brillo como si de un capullo se tratase, y cuando el brillo desapareció, José emergió con un cuerpo nuevo. Era esbelto, era guapo, tan guapo como nunca lo fue. Podía ver cada parte de su cuerpo; sus brazos y piernas los podía mover perfectamente.
"Gracias, Hada del bosque", dijo con entusiasmo. "Te lo has ganado, José. Regresa a casa y vive tu vida". José regresó a casa. Javier y Anabel despertaron fuera del bosque sin recordar nada de lo que había sucedido.
¿Recuerdan lo que les dije al principio: que tal vez este cuento de hadas no tendría un final feliz?
José regresó a su hogar, era otro. Pero el hada tan solo había hecho que adelgazara. El daño hecho en su corazón y pulmones a causa de su obesidad no se había reparado. Me gustaría decir que José conoció al amor de su vida, pero no fue así. Murió un año después de haber adelgazado.
¿Y qué hay de Javier y Anabel?
Javier fue encontrado a las afueras de la ciudad por una familia que lo adoptó. En ella, encontró de nuevo el calor y el amor de una madre. Creció feliz; los amargos recuerdos de su infancia fueron reemplazados por los de su nueva familia.
Anabel pudo superar la muerte de su familia. Conoció a un joven que se había mudado al lado de su casa. Él la ayudó a sentirse viva de nuevo. Comenzó a comer, a dormir y conoció el amor por primera vez en brazos de aquel joven.
FIN
Sandro,

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